Investigar para mirar

Soy Denise, actuaria, historiadora y cronista. Investigo, documento y narro a través de mis viajes. Construyo relatos donde la fotografía da fuerza a la palabra. Nacida en la Ciudad de México y formada en la periferia del Estado de México, aprendí desde temprano que la desigualdad no es un dato estadístico, sino el paisaje cotidiano. Esta es una realidad que se repite en la mayoría de las regiones que visito, donde el común denominador es el gran contraste social y cultural. Mi propósito es invitar a otros a viajar de manera consciente, documentándose sobre la Historia y la cultura de cada lugar. Esta preparación transforma la curiosidad en un compromiso ético y nos permite observar reconociendo la agencia humana: entender que las personas que habitan los destinos que visitamos no son un simple decorado, sino dueñas de su propia historia. Es reconocer su capacidad de decidir, su voluntad y su ingenio, justo ahí donde otros solo ven carencia. Busco demostrar que un viajero ilustrado habita el mundo con mayor profundidad y respeto.

Territorio: Lago Issyk-Kul / Cholpon-Ata, Kirguistán

Eje temático: Ritos de Estado, fricción corporal y poscolonialismo

Lectura: 4 minutos

Orina en mis botas y Michael Jackson en la estepa

O cómo convertirme en la turista que detesto en los Juegos Nómadas de Kirguistán

El boleto virtual que llevaba en el móvil era un chiste burocrático. En esa transacción de 4,000 soms descansaba toda mi fe occidental en el orden: la garantía contractual de que pagar por un asiento te otorga soberanía sobre una butaca y el derecho incuestionable a un pasillo despejado. Pero en las gradas de la ceremonia de clausura de los Juegos Mundiales Nómadas, a orillas del lago Issyk-Kul, ese ticket no valía nada.


El pasillo era un cúmulo de sombreros ak-kalpak de todos tamaños. No había un solo centímetro libre. La gente no estaba amontonada por desorden ni por desafío; estaban ahí porque en su lógica comunitaria la fiesta no se contempla desde la distancia de un asiento numerado, sino con el cuerpo pegado al de los tuyos. Los policías y militares, visiblemente rebasados desde días atrás por una logística precaria que estimaba accesos gratuitos para todos y tratos preferenciales para extranjeros que jamás se materializaron, habían bajado los brazos hacía rato. Se limitaban a mirar cómo la multitud rellenaba cada resquicio de concreto. Yo no podía dejar de pensar en las peripecias que habíamos pasado durante los días de eventos. El día de la inauguración el autobús chocó; a la jornada siguiente, cuando fuimos a la villa en las montañas, pasamos más de una hora empapados esperando que algún autobús pudiera regresarnos; la desorganización era evidente, pero la emoción de la gente iba de gane. Para rematar, en las finales de Kok boru no pudimos obtener un asiento pues, a pesar de contar con una entrada, nos dimos cuenta que todos ingresaban libremente. Esto me orilló a estar caminando por ahí viendo sólo cabezas y colas de caballos.

Espectadores en las finales de Kok boru, el mismo día de la clausura por la mañana. No pudimos ingresar pues aún con boleto en mano fue imposible conseguir un asiento.

Regresemos a la noche de clausura en el hipódromo: en la pista, la audiencia estalló. Una banda marcial del ejército kirguís rompió la formación militar soviética heredada para ejecutar coreografías al ritmo de Michael Jackson, que por cierto me recordaron a las tablas gimnásticas que hacía en secundaria. Los metales sonaban distorsionados y la multitud gritaba fascinada ante la irreverencia de sus propios soldados. Esa escena resume el espíritu del evento: una tradición reinventada a marchas forzadas tras el colapso de la Unión Soviética donde el nacionalismo ecuestre, el orgullo pan-túrquico y la cultura pop global conviven sin complejos (Hobsbawm & Ranger, 1983). La estepa postsoviética me seguía incomodando y me parecía una postal muy curiosa, y si, en ese momento me pesaba.

Atrapada en las gradas, mi necesidad fisiológica de ir al baño chocó contra esa marea humana. Decidí que mi urgencia debía desafiar esa presencia. Me levanté, fui dando pataditas a todos los que me bloqueaban hasta que topé con una chica muy joven, tal vez en sus veintes, quien me hacía cara de “pasa no hagas drama”, pero no cabía ni mi pie, y eso que es pequeño, así que la patadita se transformó en un golpe con saña. El primer movimiento apenas los desacomodó; el segundo, más seco y deliberado, rompió el pacto.

Vi el giro exacto en los rostros y escuché sus expresiones de asombro. Pasaron de la placidez de quien celebra en su propia casa al desconcierto y, de inmediato, a la defensa legítima de su territorio. La respuesta no se hizo esperar: recibí empujones de vuelta y miradas cargadas de hostilidad. Esa hostilidad no era suya; era exactamente la mía reflejada en ellos. Yo había introducido la violencia física en un espacio que solo tenía densidad festiva.


La expedición al baño completó la degradación. En los dos únicos baños que había en el recinto no existía la fila india, esa tecnología disciplinaria que en Occidente asumimos como ley natural. Las ancianas avanzaron ignorándome por completo con la autoridad incuestionable que la jerarquía tradicional otorga a las mujeres mayores en Asia Central.


Cuando por fin logré entrar a uno de los baños, mi soberbia urbana terminó de colapsar frente a un baño de hoyo en el piso. Como advirtió Marcel Mauss (1973/1935), hasta los actos más biológicos son técnicas corporales aprendidas y mediadas por la cultura; la taza de inodoro occidental atrofia el equilibrio y te aleja del suelo. Incapaz de sostener la sentadilla con soltura sin perder el balance y ubicar el centro del hoyo, la física cobró su factura: fallé en el tiro y todo salpicó. Salí derrotada, más enojada que antes y creo que un tanto vencida, humillada por mi propia impericia motriz y con las botas empapadas de orina ajena y propia.


Regresé a mi asiento conquistado a empujones y patadas. Sentía que mis botas despedían un tufo a orina. El enojo empezó a disolverse gracias a un detalle: a mi lado a escasos 5 centímetros, un hombre kirguís se había acomodado sobre un escalón del pasillo. Estaba sentado riéndose con las piruetas de los integrantes de la banda y cantando con emoción sus melodías locales. No necesitaba una silla ni reclamaba un metro libre a su alrededor; estaba cómodo en el piso porque ese foro, ese hipódromo era su casa. La revelación fue fulminante: la fiesta era de ellos; la amargada, la usurpadora y la violenta era yo.

Al día siguiente, descansada en el hotel, abrí Instagram para encontrarme con el habitual fraude visual. Las típicas cuentas de viajeros occidentales compartían carruseles relucientes: primeros planos de jinetes con águilas doradas, yurtas recortadas contra atardeceres de postal y textos simplones que romantizaban el evento. Pocos mostraban los empujones y la precariedad de algunos servicios; cuando alguien lo hacía, los comentarios locales caían con furia a defender su territorio digital con la misma aspereza con la que defendían las gradas. Habían aplicado la tijera digital para producir esa autenticidad escenificada que el turismo global consume como mercancía inofensiva (MacCannell, 1976).


El problema no era la falta de señalización ni el desborde logístico de Kirguistán. El error fue mío: viajé sin investigar. Renuncié al rigor histórico antes de abordar el avión y aterricé desprovista de herramientas para descifrar el territorio, esperando la previsibilidad esterilizada de un teatro europeo. Investigar antes de mirar no es una manía académica; es un ejercicio de calibración ética. Saber a qué tierra entras prepara el cuerpo para cohabitar la incomodidad, desmonta las exigencias del privilegio burgués y enseña que, cuando una fiesta no te pertenece, el único papel digno es callar, replegar los codos y aprender a sentarse en el suelo.

Referencias

Hobsbawm, E., & Ranger, T. (Eds.). (1983). The Invention of Tradition. Cambridge University Press.

MacCannell, D. (1976). The Tourist: A New Theory of the Leisure Class. Schocken Books.

Mauss, M. (1973). Techniques of the body. Economy and Society, 2(1), 70–88. https://doi.org/10.1080/03085147300000003 (Obra original publicada en 1935).


De la experiencia al método: Preparación cultural con SENDA

La torpeza en el terreno rara vez es un fallo de orientación o transporte; es el resultado de entrar a un territorio sin investigación histórica ni calibración corporal.

Diseñamos programas de inmersión y lectura crítica para viajeros. No gestionamos logística turística: estructuramos la mirada para entender las reglas invisibles del lugar antes de cruzar la frontera.

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